Iztaccíhuatl y Popocatépetl
Dos montañas del Valle de México narran el amor entre una princesa y un guerrero.
Al sureste del Valle de México se levantan dos montañas que dominan todo el horizonte. Una de ellas, el Iztaccíhuatl: «mujer blanca», dibuja contra el cielo el perfil de un cuerpo dormido: cabeza, pecho, piernas, como si alguien se hubiera recostado ahí hace siglos y no hubiera vuelto a despertar. A su lado, el Popocatépetl: «montaña que humea», sigue activo hasta hoy, siempre despierto, siempre vigilando.
El relato
Se cuenta que Iztaccíhuatl era hija de un gran señor, y que se enamoró de Popocatépetl, uno de los guerreros más valientes de su pueblo. Antes de que él partiera a la guerra, el padre de la princesa hizo una promesa: si el guerrero volvía victorioso, su mano sería para él.
Popocatépetl venció en la batalla. Pero mientras luchaba lejos de casa, un rival celoso llegó hasta Iztaccíhuatl con una mentira: que su amado había muerto en combate. Ella no resistió la noticia. Murió de tristeza antes de que él pudiera regresar a decirle que seguía vivo.
Cuando Popocatépetl volvió y encontró a su amada sin vida, no la dejó atrás. Cargó su cuerpo hasta lo más alto de las montañas y la recostó ahí, para poder velarla siempre. Encendió una antorcha y se quedó de pie a su lado, montando guardia eterna. Pasaron los años, la nieve cubrió a ambos, y terminaron por convertirse en los dos volcanes que siguen ahí hoy, ella dormida, él todavía despierto, todavía ardiendo por ella.
Y el nombre del otro es literal. Molina traduce popoca como «hacer humo», así que Popocatépetl es el cerro que humea, lo que la montaña hace, no lo que el relato cuenta.
Una nota honesta sobre su origen
Vale la pena decir esto con claridad: a diferencia de mitos como el de Cipactli, documentados en fuentes coloniales tempranas como el Códice Florentino, esta historia de amor en su forma actual es más reciente de lo que suele presentarse. La investigación académica ha rastreado cómo la versión romántica que hoy se cuenta se fue construyendo entre finales del siglo XIX y el siglo XX, con una versión especialmente influyente publicada en 1899 por el poeta José Santos Chocano, la que terminó convirtiéndose en la narrativa respaldada oficialmente.
Esto no quiere decir que la leyenda carezca de raíz prehispánica: quiere decir que esa raíz es distinta. Lo que sí confirman los hallazgos arqueológicos reales, vasijas, figurillas, ofrendas encontradas en las laderas del Iztaccíhuatl, es que ambas montañas eran veneradas como sitios sagrados desde antes de la llegada de los españoles, vinculadas al culto de Tláloc, la energía de la lluvia. La montaña como lugar sagrado es genuinamente antigua. La historia de amor que hoy le da nombre es una reinterpretación posterior, tan bella y tan mexicana como cualquier otra, pero de otra época.
Debajo del romance hay una capa mucho más antigua y real: los volcanes eran energías vivas y veneradas. El Popocatépetl —«el cerro que humea»— y el Iztaccíhuatl —«la mujer blanca»— recibían ofrendas en sus laderas y cimas, y figuraban entre los cerros a los que, en la veintena de Tepeílhuitl, se hacían montañas de masa (los tepictoton) para pedir el agua. No eran un símbolo romántico: eran presencias a las que se rezaba.
Fuentes
- Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México (UNAM), "Iztaccíhuatl: de diosa a princesa" (SciELO)
- León-Portilla, Miguel. "Iztaccíhuatl y Popocatépetl: una antigua leyenda", en El mito de dos volcanes (2005)
- Revista SIPGH, "Arqueología e historia de los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl"
- Sahagún, Códice Florentino, Libro II
- Molina, «Vocabulario», fol. 83r, citado en Olivier, «Tezcatlipoca»
Cómo citar esta página
Alma Mexica, «Iztaccíhuatl y Popocatépetl», Las leyendas. Revisado el 2026-09-17. https://almamexica.org/leyenda/iztaccihuatl-y-popocatepetl/