Los ciclos del cielo
Lo que contaban los mayas, y hasta dónde llega
De dónde vienen
Lo que sigue es maya, no mexica. Las tablas están en el Códice de Dresde —su ficha vive con los códices— y no hay fuente mexica que registre estos periodos.
Se recogen porque usan la misma cuenta de 260 días, y porque una de ellas llega, por otro camino, al mismo número que la vejez mexica.
Marte, tres vueltas justas
Marte vuelve a aparecer en el mismo punto cada 780 días. La cuenta de los días cabe ahí exactamente tres veces. No hay resto ni ajuste.
No es una aproximación gruesa: el periodo verdadero es 779.94 días. La cuenta tarda unos 36 años en desfasarse un solo día, y más de siete siglos en correrse una veintena.
Venus, el mismo número por otro camino
El Dresde cuenta a Venus en 584 días. Sesenta y cinco de esos ciclos son 37 960 días: los mismos que la vejez mexica, los mismos 104 años, las mismas dos ataduras.
Dos pueblos, dos caminos, un número. Los mexicas llegaron por el año y la cuenta; los mayas, por la estrella. El periodo real es 583.92 días: ocho centésimas de diferencia.
Venus, a simple vista
Venus nunca se aleja mucho del Sol, así que sólo se le ve poco antes del amanecer o poco después del atardecer. Cuando va delante del Sol es la estrella del alba; cuando va detrás, la de la tarde.
Hay unos días en que no se ve. Pasa tan cerca del Sol que su luz lo tapa.
Esa desaparición dura entre ocho y diez días, según lo cerca del Sol que se acepte verlo todavía.
El relato de los Anales de Cuauhtitlan da ocho: cuatro entre los muertos y cuatro preparándose, antes de salir como la gran estrella. Se anota la coincidencia; no se presenta como prueba.
Dos veces por vuelta, Venus llega a su mayor brillo. Entonces alcanza a proyectar sombra: se ve la de una mano bajo su luz, si no hay Luna ni lámparas cerca.
No ocurre cuando más se aleja del Sol, ni cuando está más iluminado. Ocurre en medio: donde el tamaño que gana al acercarse compensa la parte que va perdiendo.
Los eclipses, cuarenta y seis vueltas
La tabla de eclipses del Dresde corre sobre 11 960 días. Son 46 vueltas exactas de la cuenta de los días, y aciertan a un día del ciclo real en que los eclipses se repiten.
No predice cuál se verá ni desde dónde: avisa cuándo puede haber. Eso ya era suficiente para preparar lo que había que preparar.
Los nombres nahuas del fenómeno: tonatiuh cualo, el Sol comido; metztli cualo, la Luna comida.
Y una asimetría que vale para cualquier registro: un eclipse de Luna se ve desde todo el lado de la Tierra donde es de noche; el de Sol solo desde la franja estrecha que cruza su sombra.
Hasta dónde alcanzan
Otros astros se acercan sin llegar. Once vueltas de Saturno son casi dieciséis de la cuenta: tarda once años en correrse un día. Quince de Júpiter son casi veintitrés, y se corre un día cada cinco.
Son alcances, no encuentros. Un observador podía sostenerlos toda su vida, y la generación siguiente los veía romperse. Sus lecturas en el Dresde, además, se discuten entre especialistas.
Donde se rompe
Mercurio no llega. La mejor proporción sencilla se corre un día cada año y una veintena entera en veinte: antes de una vida ya no coincide con nada.
Conviene decirlo, porque con suficientes números se aproxima cualquier cosa. A Marte y a Mercurio no los separa coincidir o no, sino cuántas vueltas hacen falta y cuánto tarda en romperse.
Fuentes
- Códice de Dresde, Sächsische Landesbibliothek
- Tabla de Venus y tabla de eclipses del Códice de Dresde
Cómo citar esta página
Alma Mexica, «Los ciclos del cielo», Los documentos. Revisado el 2026-09-17. https://almamexica.org/documento/cuentas-cielo/